El 19 de septiembre de 1985 es una fecha que todos los mexicanos recordaremos con gran estremecimiento, y para quienes hayan tratado alguna vez de encontrar una manera de expresarse propiamente capitalina y auténtica, es además el día que los cantantes llamados rupestres perdieron tal vez a su principal exponente: Rockdrigo González.
Como dijera la banda por aquellos días: "se murió de un pasón de cemento". La verdad es que las cosas fueron bastante trágicas, como todo lo que aconteció por esos tiempos: al buen profeta del nopal lo encontraron abrazado de su mujer en el edificio dónde vivía. Pero, más allá de la leyenda que cada día crece: ¿quién fue este señor Rockdrigo?, ¿cómo es que tantos años después se le hace un homenaje en la estación del Metro Balderas para que los chavos más jóvenes lo ubiquen y lo conozcan, con una placa que lleva su imagen y la letra completa de su famosa rola "Metro Balderas"?
Hay que remontarse a los años que vieron crecer una generación llena de influencias, no nada más propias del país e inclusive de Latinoamérica, sino de los años sesenta, setenta: los fuertes movimientos sociales, estudiantiles que sucedían por esos años, dieron pie a toda una cultura de jóvenes que estaban hasta el gorro de convencionalismos que no los llevaban a ningún lado, de doble moral, de guerras, de violencia, etcétera.
Surgieron entonces movimientos como el hippismo en Estados Unidos, que marcaría a los jóvenes de todo el mundo: una nueva esperanza brotaba entre la rebeldía de aquellos muchachos, y con ellos, toda una manera de expresarse musicalmente. Desde los Beatles hasta Led Zeppelín, pasando por toda una gama de grupos, la mayoría muy buenos, y dando pie también a lo que habría de llamarse canción Folk o de protesta. Entre esos músicos, se destaca gente como Joan Báez o Bob Dylan, que fueron decisivos para la vida de los jóvenes mexicanos de esos tiempos.
Pero la historia del personaje que hoy nos ocupa comienza muy lejos de la capital, ya que nació en Tampico, Tamaulipas, el día de Navidad de 1950. Su padre, quien fuera uno de los mejores constructores de barcos del país, se aferraba a que Rodriguito aprendiera a tocar sones huastecos, propios de la zona; pero al muchacho lo entusiasmaban más los artistas que llegaban del otro lado de la frontera, aunque tampoco descartó aprender lo propio de su región y se fue clavando en conocer a los grupos roqueros de ese entonces.
Durante los años en que Rockdrigo vivió en casa de su madre, estudió de forma irregular, ya que lo que le jalaba era el reventón. Afortunadamente de manera creativa, se fue apasionando por las actividades artísticas: le gustaba modelar, escribir, leer, cantar y actuar, incluso participó en un taller de poesía sui generis llamado Siglo XXI. Entró a la Universidad Veracruzana a estudiar psicología, carrera que nunca terminó. A los quince años aprendió a tocar la guitarra, y, de ahí, nunca se separó de ella.
Un buen día decidió ir a probar fortuna al Distrito Federal, y comenzó a girar en todas partes, con una capacidad de observación verdaderamente notoria. Así iría componiendo una serie de rolas de una trascendencia cada vez menos cuestionable por la sensibilidad tan exquisitamente chilanga con que están hechas, además del buen gusto a pesar de tratar a veces temas tan escabrosos, dolorosos o de doble sentido. Ni hablar, el buen Rockdrigo tenía su estilo, muy propio y sabroso.
Al parecer esta canción describe muy bien a los jóvenes de estos tiempos; también las letras hablan por sí mismas, y es de llamar la atención el talento que tenía para resumir en unas cuantas líneas una problemática tan compleja.
El único trabajo grabado que Rockdrigo vio en vida fue "Hurbanistorias", una colección de rolas legendarias que para muchos críticos es lo mejor de su carrera. En algún tiempo incluso anduvo pidiendo dinero en la calle, tocando en camiones, esquinas, antros, etcétera. Fue un tipo que profundizó en la manera de ser del chilango, ese dolor de la gente que rueda por las calles: del hambre, la droga, el alcoholismo y todos los problemas sociales que han hecho de nuestra capital un lugar de muchas historias, el centro de influencias tan variadas, desde los niños bien hasta las bandas de chavos que se agrupan tomando un estereotipo como guía y, en medio del caos y la desolación, se protegen unos a otros, pertenecen a un grupo de seres humanos.
Con armónica y guitarra en mano, alternando con una voz sencilla y aguardentosa, se escribieron estas páginas que harían que finalmente se hablara de rock mexicano, chilango; el lenguaje, la sensibilidad y el talento de un ser como Rockdrigo, dieron pie a toda una propuesta llamada Los Rupestres, que él mismo describiría de la siguiente manera:
MANIFIESTO RUPESTRE
No es que los rupestres se hayan escapado del antiguo Museo de Ciencias Naturales ni, mucho menos, del de Antropología; o que hayan llegado de los cerros escondidos en un camión lleno de gallinas y frijoles.
Se trata solamente de un membrete que se cuelgan todos aquellos que no están muy guapos, ni tienen voz de tenor, ni componen como las grandes cimas de la sabiduría estética o (lo peor) no tienen un equipo electrónico sofisticado lleno de sinters y efectos muy locos que apantallen al primer despistado que se les ponga enfrente.
Han tenido que encuevarse en sus propias alcantarillas de concreto y, en muchas ocasiones, quedarse como el chinito ante la cultura: nomás milando.
Los rupestres por lo general son sencillos, no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres, pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones, rockanroleros y trovadores.
Simples y elaborados; gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano; tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio.
En los años ochenta, acompañaron a Rockdrigo en esta aventura gente como Roberto González, Nina Galindo, Eblén Macari, Rafael Catana, Roberto Ponce, Armando Rosas y Fausto Arrellín, con quien haría el grupo roquero Qual. Todos estos músicos han seguido su propia trayectoria, son nombres que desde hace muchos años dan de qué hablar en el ambiente musical mexicano.
Era de esperarse que también Rockdrigo compusiera rolas de albur y doble sentido, ya que eso es a estas alturas inherente a nuestra cultura mexicana.
Hace muchos años se escribieron estas canciones: historias de una cultura y la vivencia en una ciudad que finalmente le costarían la vida a Rodrigo González y su mujer Françoise. Rockdrigo dejó también cuentos, artículos, poemas y grabaciones que no se han dado a conocer. Queda en manos de su hija Lalena la herencia de manera legal de todo este patrimonio tan valioso. Enhorabuena.
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